DISPERSIONES

DISPERSIONES

lunes, 5 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA















JULIÁN DEL CASAL



CREPUSCULAR


Como vientre rajado sangra el ocaso,
manchando con sus chorros de sangre humeante
de la celeste bóveda el azul raso,
de la mar estañada la onda espejeante.
Alzan sus moles húmedas los arrecifes
donde el chirrido agudo de las gaviotas,
mezclado a los crujidos de los esquifes,
agujerea el aire de extrañas notas.
Va la sombra extendiendo sus pabellones,
rodea el horizonte cinta de plata,
y, dejando las brumas hechas jirones,
para cada faro flor escarlata.
Como ramos que ornaron senos de ondinas
y que surgen nadando de infecto lodo,
vagan sobre las ondas algas marinas
impregnadas de espuma, salitre y yodo.
Ábrense las estrellas como pupilas,
imitan los celajes negruzcas focas
y, extinguiendo las voces de las esquilas,
pasa el viento ladrando sobre las rocas.


JULIÁN DEL CASAL (1863-1893).-

domingo, 4 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA


















LEOPOLDO DÍAZ




WALKYRIA



Con ronco estruendo de huracán estalla
del monte por las rígidas laderas,
allí donde las vírgenes guerreras
se dan cita después de la batalla.
En vértigo que todo lo avasalla
desatando sus rojas cabelleras,
las walkyrias como ágiles panteras
de la cumbre trasponen la muralla.
Con gritos de placer rasgan el viento:
a la indecisa luz del firmamento
cruzan sus lanzas, chocan sus broqueles,
y avanzando en furioso torbellino
arrebata las piedras del camino
el casco volador de sus corceles.

LEOPOLDO DÍAZ (1862-1947).-

sábado, 3 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA
















MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA




LA MISA DE LAS FLORES



Boileau se queda en el aula
y Voltaire en la ciudad.
¡Musa, al campo! ¡Abre la jaula!
¡Señores versos, entrad!
Alce la oda en el bosque
su deslumbrante oriflama;
que la sátira se enrosque
y que brinque el epigrama.
Beba el madrigal coqueto
en los lirios vino blanco,
y pensativo el soneto
descanse en rústico banco.
Tenue, frígido remusgo
entre los alcores sopla.
¡Cuántas perlas en el musgo
hay para tu cuello, copla!
Despierta, perezosilla:
despierta, que viene el alba...
Para hacerte una sombrilla
cortó Robín esta malva.
Deja tu alcoba: el jazmín
no en blanco reposo olvides,
que te aguarda tu escarpín,
tu pequeño no me olvides.
La persiana de cristal
que anoche tejió la escarcha
en tu cámara nupcial
rompe de un soplo, ¡y en marcha!
Ya no triste soliloquia
el nocturno ruiseñor,
y el gorrión madrugador
llama a misa en la parroquia.
Vamos al templo. Hoy es fiesta.
Tulipán dirá el sermón;
en la misa, gran orquesta;
y en la tarde, procesión.
Palomas y codornices
con hojitas de azahares,
remiendan sobrepellices
y componen los altares.
Un pobre topo, el más mandria
y apocado, barre el coro.
¡Hoy va a cantar la calandria,
la calandria de voz de oro!
Será el zentzontle, tenor;
jilguero, primer violín;
y maestro director
el arrogante clarín.
La pila de agua bendita
que está en el rincón umbrío,
es silvestre margarita
llena de fresco rocío.
El candelabro mayor
es una hermosa araucaria,
y aquel altar, siempre en flor,
es de santa pasionaria.
Mil cazoletas de almendro
perfuman el tabernáculo;
ya viene con mitra y báculo
monseñor el rododendro.
Van los breves aretillos
repicando cascabeles,
y detrás, rojos claveles
vestidos de monaguillos.
Doble sarta de corales
parecen: mira al monago
que marcha entre dos ciriales
y alza la cruz de Santiago:
Otro, guapo y petimetre,
va con acetre e hisopo,
y el hisopo de su acetre
es un pompón de heliotropo.
Del coro, bajo en las rejas,
absortas en sus plegarias,
se agrupan las trinitarias,
que tienen caras de viejas.
¿No miras los blancos cirios
de plateadas escamas?
Son encarrujados lirios,
y de mirto son las llamas.
A la camelia patricia
y a la azalea pizpireta
ve azucena la novicia
con sus ojos de violeta.
En bello sitial la dalia
como priora se esponja,
mientras la tórtola monja
entra de sayo y sandalia.
Abajo, frescas sirídeas
cubren la arena del piso;
y forman árido friso
en los muros, las orquídeas.
¿No oíste para un coche?
Es del alcalde. ¡Qué gruesa
va la señora alcaldesa
con su dondiego de noche!
En cambio, ¡qué jubilosas,
qué frescas y qué elegantes
están las jóvenes rosas!
¡Qué indevotos sus amantes!
Aquél que de negro viste,
el de las grandes ojeras,
es un pensamiento triste...
¡Sufre mucho! ¡Si supieras...!
Mas ¡silencio! ¡De rodillas!
Ya el monago, de roquete,
girar hace el rehilete
de azulinas campanillas.
Parece el altar brillante
ascua de plata inflamada:
¡ya levanta el oficiante
la gardenia inmaculada!
Luego, una ráfaga fría
súbita baja del coro
y apaga la luz que ardía
en el gran trébol de oro.
Los rojos mirtos prendidos
en los cirios, azulean,
se retuercen, parpadean
y quedándose, al fin, dormidos.
Sus pabilos en hilera
simulan negro rosario;
por la torcida escalera
baja el cuervo al santuario.
Frente al sagrario se hinca,
el agudo pico tiende;
y, lámpara azul, se enciende,
tremulante, la pervinca.
Salgamos: la muda selva
derrama dulce beleño
y esparce la madreselva
su apacible olor de sueño.
Cierran las flores sus broches;
calla la breve campana:
flores nuevas, buenas noches;
Musa azul, hasta mañana.


MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA (1859-1895).-

viernes, 2 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA













MANUEL JOSÉ OTHÓN



IDILIO SALVAJE (fragmento)



¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris...? Mira el paisaje
árido y triste, inmensamente triste.
Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.
Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan dos dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.
Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor, o de un inmenso llanto.


MANUEL JOSÉ OTHÓN (1858-1906).-

jueves, 1 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA















MANUEL CURROS ENRÍQUEZ



EL ÁRBOL MALDITO



Me lo contó un piel roja cazado en la Luisiana:
cuando el Señor los bosques de América pobló,
dejó un espacio estéril en la extensión lozana,
y en ese espacio yermo, de arena seca y vana,
donde ni nace el trébol ni crece la liana,
el diablo plantó su árbol, y luego... descansó.
El suelo en que brotara, de savia y jugos falto,
que interiormente cruzan en direcciones mil
volcánicas corrientes de líquido basalto,
de su raíz opúsose al invasor asalto,
mientras  su copa hiere, perdida allá en lo alto,
el rayo tempestuoso, colérico y hostil.
Así, por tierra y cielo, sin tregua combatido,
el árbol sus antenas tendió en oscura red
por la ancha superficie del páramo abatido,
y allí donde el cadáver hallaba de un vencido,
de las salvajes hordas al ímpetu caído, 
bebiéndole la sangre calmó su ardiente sed.
El llanto de las tribus guerreras, derrotadas,
nutrió su tronco débil, prestándole vigor;
y en misteriosa química, las savias combinadas
de lágrimas y sangre por él asimiladas,
pobláronle de vástagos punzantes como espadas,
y de hojas le cubrieron de cárdeno color.
Sus ramas, por el viento del Septentrión mecidas,
sonaban tristemente con canto funeral
y, de la luna al beso lascivo estremecidas,
en flores reventaron que, al aire suspendidas,
vertían de sus cálices esencias corrompidas,
la atmósfera impregnando de su hálito mortal.
Leones y elefantes, su sombra pestilente
temiendo, nunca osaron llegar en torno de él:
sobre él desliza el ave sus alas raudamente;
torció el jaguar su senda, si le encontró de frente,
y el oso sibarita, que sus aromas siente,
contémplale de lejos, soñando con su miel.
Mas solamente grata la pulpa que destila
a insectos y reptiles, del silfo al caracol,
por ella, en torno al árbol, tenaz la mosca oscila,
la araña encuentra en ella las gomas con que hila,
y viene a saborearla, candente la pupila,
el saurio, que dilata sus vértebras al sol.
Por respirar sus densos efluvios penetrantes,
la víbora abandona su rústico dosel,
sus pútridos pantanos los cínifes vibrantes,
sus hoyos las serpientes de escamas repugnantes,
sus matas las luciérnagas policromo-cambiantes,
su hogar la salamandra de jaspeada piel.
La oruga su capullo, que rompe con trabajo,
su celda arquitectónica la abeja monacal,
su limo la babosa perdida en el atajo,
su lecho de detritus el sucio escarabajo,
su llano la langosta, su charca el renacuajo,
su huevo el infusorio, la larva su cendal.
Y de esa fauna exótica la multitud bravía,
de entrambos hemisferios monstruosa producción,
se cobijaba al árbol o nido en él hacía,
en tanto que en su fronda magnífica y sombría,
los genios de los bosques, al fenecer el día,
celebran conciliábulos de muerte y destrucción.


MANUEL CURROS ENRÍQUEZ (1851-1908).-



CICLO POESÍA MODERNISTA













SALVADOR RUEDA






MUJER DE MORAS



He andado por las cercas de verdura
que despiden olor a mes de agosto,
buscando moras para ti. En las hebras
de cenacho andaluz, que recubierto
de anchas hojas de higuera goteantes
llevé pendiente de mi brazo ansioso
como oscilante nido de oropéndola,
iba echando las moras empapadas
de zumo como púrpura. Los tallos
enfimbrados de púas defendían
lejos, a veces, el redondo fruto
cual si lo hurtaran a mi afán; entonces
mi cuerpo se internaba en la confusa
y agresiva madeja; entre sus garras
se hundía el pie valiente, y ya cogida
por millares de dientes mi piel fosca,
arrancaba las moras una a una
a costa de un sangriento tatuaje.
Por los trágicos látigos herido
mira mi cuerpo; roja geografía
dibujó entre su vello el injurioso
zarzal, monstruo compuesto de tentáculos;
y a dentellada por sabrosa fruta,
a mordisco por mora granulada,
sentí, en vez de dolor, placer divino
al decorar, por ti, mi cuerpo todo
de cruces victoriosas, de trofeos,
de lauros y de insignias triunfadoras,
que rindo ante tus pies, como bandera
hecha trizas en medio del combate.
Ahora contemplo tu figura blanca
desprovista de túnica enfadosa,
y mientras que los grupos de los pámpanos
del parral que nos cubre, tu piel visten
de sombras y de sol que te recaman
de un tropel de libélulas de oro,
quiero ir echando entre tus labios frescos
una a una las moras regaladas,
para ver si es su tinta más sangrienta
que el clavel incendiario de tu boca.
Tu soberbia escultura de alabastro
yace muda ante mí; tus pies menudos,
de un ágata rosado, se entrelazan
por el fresco marfil de los tobillos,
como si dos palomas se abrochasen
en fugitiva cópula. Dos ánforas
de senos alargados asemejan
los trozos de columnas comprendidos
entre los nudos de la caña airosa
y la rosa carnal de la rodilla.
Los fémures gallardos, que se ajustan
a la rótula espléndida, y acaban
junto al umbral rosado del misterio,
parecen, de un antiguo intercolumneo,
A cada mora que te doy, un beso
hago crujir entre tus dientes nítidos:
mis labios, como pinzas abrasadas,
cogen los rojos gránulos y buscan
tu boca de clavel para dejarlos
como rubíes en gentil joyero.
Y en el ir y venir con que te rozan
en la sensible piel mis labios locos,
acarreando el fruto purpurino
desde todo tu cuerpo hasta tu boca,
tu pecho se hincha de emoción tremenda,
mi pecho tiembla como roja llama,
y en un abrazo agotador, inmenso,
nos fundimos cual dos enredaderas,
como dos retorcidas espirales,
hasta que muerden la postrera mora
nuestras dos bocas juntas y apretadas,
tú mirando a los cielos, y yo viendo
lo que en ellos palpita: nubes, nidos,
ramas floridas, pájaros y luces,
mas viéndoles latir, puesto hacia abajo
sobre el doble zafiro de tus ojos...


SALVADOR RUEDA (1857-1933).- 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA













RICARDO GIL



TRISTITIA RERUM



Abierto está el piano...
Ya no roza el marfil aquella mano
más blanca que el marfil.
La tierna melodía
que a media voz cantaba, todavía
descansa en el atril.
En el salón desierto
el polvo ha penetrado y ha cubierto
los muebles que ella usó:
y de la chimenea
sobre el rojo tapiz no balancea
su péndola el reloj.
La aguja detenida
en la hora cruel de su partida
otra no marcará.
Junto al hogar, ya frío,
tiende sus brazos el sillón vacío
que esperándola está.
El comenzado encaje,
en un rincón espera quien trabaje
su delicada red...
La mustia enredadera
se asoma por los vidrios y la espera
moribunda de sed.
De su autor preferido,
la obra, en el pasaje interrumpido
conserva la señal...
Aparece un instante
del espejo en el fondo su semblante...
Ha mentido el cristal.
En pavorosa calma
creciendo van las sombras... En mi alma
van creciendo también.
Por el combate rudo
vencido al fin, sobre el piano mudo
vengo a apoyar mi sien.
Al golpear mi frente
la madera, sus cuerdas tristemente
comienzan a vibrar...
En la caja sonora
brota un sordo rumor... Alguien que llora
al verme a mí llorar...
Es un largo lamento
al que se liga conocido acento
que se aleja veloz...
En la estancia sombría
suena otra vez la tierna melodía
que ella cantaba siempre a media voz.


RICARDO GIL (1855-1908).-

martes, 29 de noviembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA









JOSÉ MARTÍ











DE VERSOS SENCILLOS



Yo soy un hombre sincero
de donde crece la palma,
y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
y hacia todas partes voy:
arte soy entre las artes;
en los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
de las hierbas y las flores.
Y de mortales engaños,
y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
de las mujeres hermosas:
y salir de los escombros,
volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
con el puñal al costado,
sin decir jamás el nombre
de aquella que lo ha matado.
Rápida como un reflejo,
dos veces vi el alma, dos:
cuando murió el pobre viejo,
cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez -en la reja,
a la entrada de la viña-
cuando la bárbara abeja
picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez de tal suerte
que gocé cual nunca: cuando
la sentencia de mi muerte
leyó el alcaide llorando.
Oigo un suspito, a través
de las tierras y la mar,
y no es un suspiro, es
que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
tomé la joya mejor,
tomo a un amigo sincero
y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
volar al azul sereno,
y morir en su guarida
la víbora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada,
de horror y júbilo yerta,
sobre la estrella apagada
que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
la pena que me lo hiere:
el hijo de un pueblo esclavo
vive por él, calla y muere.
Todo es hermoso y constante,
todo es música y razón,
y todo, como el diamante,
antes que luz es carbón.
Yo sé que al necio se entierra
con gran lujo y con gran llanto,
y que no hay fruta en la tierra
como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
la pompa del rimador:
cuelgo de un árbol marchito
mi maceta de doctor.


JOSÉ MARTÍ (1853-1896).-

lunes, 28 de noviembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA






SALVADOR DÍAZ MIRÓN 










EL FANTASMA


Blancas y finas, y en el manto apenas
visibles, y con aire de azucenas,
las manos, que no rompen mis cadenas.
Azules y con oro enarenados,
como las noches limpias de nublados,
los ojos, que contemplan mis pecados.
Como albo pecho de paloma el cuello,
y como crin de sol barba y cabello,
y como plata, el pie descalzo y bello.
Dulce y triste la faz; la veste, zarca.
Así, del mar sobre la inmensa charca,
Jesús vino a mi unción, como a la barca.
Y abrillantó a mi espíritu la cumbre
con fugaz cuanto rica certidumbre,
como con tintas de refleja lumbre.
Y suele retornar, y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra,
y un relámpago enciende mi alma negra.


SALVADOR DÍAZ MIRÓN (1853-1928).-

CICLO POESÍA MODERNISTA





MANUEL GONZÁLEZ PRADA












EL MITAYO



Hijo, parto: la mañana
reverbera en el volcán.
Dame el báculo de chonta,
las sandalias de jaguar.
- Padre, tienes las sandalias,
tienes el báculo ya,
mas ¿por qué ves y lloras?
¿A qué región vas?
- La injusta ley de los Blancos
me arrebata del hogar.
Voy al trabajo y al hambre,
voy a la mina fatal.
- Tú, que partes hoy en día,
¿cuándo, cuándo volverás?
- Cuando el llama de las punas
ame el desierto arenal.
- ¿Cuándo el llama de las punas
las arenas amará?
- Cuando el tigre de los bosques 
beba las aguas del mar.
- ¿Cuándo el tigre de los bosques
en los mares beberá?
- Cuando del huevo de un cóndor
nazca la sierpe mortal.
- ¿Cuándo del huevo de un cóndor
una sierpe nacerá?
- Cuando el pecho de los Blancos
se conmueva de piedad.
- ¿Cuándo el pecho de los Blancos
piadoso y tierno será?
- Hijo, el pecho de los Blancos
no se conmueve jamás.


MANUEL GONZÁLEZ PRADA (1848-1918).-

sábado, 26 de noviembre de 2016

RAFAEL GUILLÉN














CAMPANAS DEL SILENCIO



Superado el sonido y su materia,
todo es estable en el silencio: voces,
desconocidos ejes
de transmisión, impulsos. percepciones,
audible traslación de pensamientos.
El silencio es un altavoz y todo,
a través de su curva resonancia,
encuentra los atajos
más directos de comunicación.
Campanas que voltean
su redondez, pasado
el cerco corporal de lo sensible.
Postrer peldaño en la ascensión sonora.

Silencio, denso medio
en que se manifiesta la absoluta
presencia.
Simultáneamente afluyen
al mandato absorbente
de su vacío, lo desconocido
y conocido, absurdo y explicable,
corporeizado y abstraído. Todo
sin barreras de tiempo ni de espacio.
Librado de partículas extrañas,
cualquier contacto, en el silencio, adquiere
consistencia de soldadura. Nada
puede romperse dentro
de su hermético seno transparente.

Germinación de lo creíble, sube
hacia la realidad o hacia la nada.
En su fluidez se mece
el hielo racional y se licúa.
Tras su lente, se acerca
el infinito. Por su inconsistencia
van evolucionando los posibles.
Es luminoso éxtasis
en donde irrumpe a golpes lo inefable,
conciencia despojada
de su último velo.

En el silencio todo es movimiento,
vibraciones inaprensibles, cambios
de postura que, sin embargo, nada
alteran la constante. Cada tiempo
en su distinta, pero inalterable,
posición, estimula
una eventualidad, a la que basta 
dar el suceso y queda proyectada.

Silencio, manantial
de perfección.
No basta poseerlo.
Existe la pasiva
plenitud de saberse poseído;
sentir que actúa de crisol en toda
nuestra verdad supuesta que, fundida
en él, esquematiza y se depura.


RAFAEL GUILLÉN ("Límites").-

viernes, 25 de noviembre de 2016

MARCOS ANA














YO DENUNCIO


Yo no pido clemencia. Yo no pido
con un hilo de voz descolorida
perdón para la vida que me deben.
Odio la voz delgada que se postra
y el corazón que llora de rodillas
y esas frentes vertidas en el polvo,
hecha añicos la luz del pensamiento.
Yo no pido clemencia. Yo no junto
las manos temblorosas en un ruego.
Arden voces de orgullo en mi palabra
cuando exigen -sin llanto- que las puertas
de la venganza oscura se derriben
y a los hombres descuelguen de sus cruces.
Yo no pido clemencia. Yo denuncio
al dictador cadáver que gobierna
la vida de los hombres con un hacha
y ahora quiere dejar para escarmiento
mi cabeza cortada en una pica.
Yo no pido clemencia.
Doy banderas.
Paso de mano el golpeado
corazón de mi pueblo prisionero.

MARCOS ANA.-

jueves, 24 de noviembre de 2016

RAFAEL ALBERTI












NANA DEL NIÑO MALO




¡A la mar, si no duermes,
que viene el viento!

Ya en las grutas marinas
ladran sus perros.

¡Si no duermes, al monte!
Vienen el búho
y el gavilán del bosque.

Cuando te duermas:
¡al almendro, mi niño,
y a la estrella de menta!


RAFAEL ALBERTI ("Marinero en tierra").-

miércoles, 23 de noviembre de 2016

PABLO NERUDA










HEMOS PERDIDO AUN



Hemos perdido aun este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.


PABLO NERUDA ("Veinte poemas de amor y una canción desesperada").-

martes, 22 de noviembre de 2016

AYES TORTOSA

















      Ayes Tortosa (Granada, 1956). Médico puericultor, ejerció dicha profesión desde 1980 hasta 1985, compartiéndola a partir del año 1983 con la coordinación de la biblioteca y de los talleres de literatura y radio del desaparecido Centro Cultural Infantil de su ciudad. En la actualidad reside en Granada. Colabora en revistas especializadas y en el periódico Ideal. Realiza numerosos encuentros de autor y de fomento a la lectura, con niños y jóvenes, en colegios, institutos, bibliotecas...
      Ha publicado en poesía para niños: Versos, canciones y nanas para Nana (1994), Ciudad de tinta y papel (1999), Gran Jefe Cielo (2003), Mi árbol genialógico (2006), Si yo fuera un pez (2009), Versos del Albaicín (2010) y El cuadernillo del Trotamundos (2012). En narrativa: Los cuentos de María del Charco (1995), González & Cía, Una fábrica de relojes de cuco (2000), María Umbeldini y el extraño caso del calcetín (2002), Una extraña historia en el Museo de la Memoria (2009), Los cuentos del Albaicín (2010) y María Umbeldini y el detestable caso de la Playa del Muerto (2011). Otros libros de poesía son: Aires para un minuto lento (1997) y La olla de San Antón y un balcón de estrellas (1998). El libro De aquí, de allá, de Granada (2001) es una recopilación de sus artículos en el periódico Ideal. Muchos de sus poemas y de sus cuentos están recogidos en diversas antologías y libros de texto (Grazalema, Alfaguara, S.M., Edelvives, De La Torre...).






REGALOS



Entre jirones de nubes
sopla y resopla la Luna.
La suave brisa de octubre
columpia al río en su cuna.

Todo está recién creado:
el murmullo de las olas,
la luz de un faro lejano,
el concierto de las ranas,
el aroma de los pinos,
el baile de las palmeras...

Y yo, caminito del mar
con mi niño de la mano
a la luz de las estrellas.
¡Ay, sus ojos asombrados!
¿Alguien puede pedir más?


AYES TORTOSA.-