DISPERSIONES

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jueves, 1 de diciembre de 2016

CICLO POESÍA MODERNISTA













SALVADOR RUEDA






MUJER DE MORAS



He andado por las cercas de verdura
que despiden olor a mes de agosto,
buscando moras para ti. En las hebras
de cenacho andaluz, que recubierto
de anchas hojas de higuera goteantes
llevé pendiente de mi brazo ansioso
como oscilante nido de oropéndola,
iba echando las moras empapadas
de zumo como púrpura. Los tallos
enfimbrados de púas defendían
lejos, a veces, el redondo fruto
cual si lo hurtaran a mi afán; entonces
mi cuerpo se internaba en la confusa
y agresiva madeja; entre sus garras
se hundía el pie valiente, y ya cogida
por millares de dientes mi piel fosca,
arrancaba las moras una a una
a costa de un sangriento tatuaje.
Por los trágicos látigos herido
mira mi cuerpo; roja geografía
dibujó entre su vello el injurioso
zarzal, monstruo compuesto de tentáculos;
y a dentellada por sabrosa fruta,
a mordisco por mora granulada,
sentí, en vez de dolor, placer divino
al decorar, por ti, mi cuerpo todo
de cruces victoriosas, de trofeos,
de lauros y de insignias triunfadoras,
que rindo ante tus pies, como bandera
hecha trizas en medio del combate.
Ahora contemplo tu figura blanca
desprovista de túnica enfadosa,
y mientras que los grupos de los pámpanos
del parral que nos cubre, tu piel visten
de sombras y de sol que te recaman
de un tropel de libélulas de oro,
quiero ir echando entre tus labios frescos
una a una las moras regaladas,
para ver si es su tinta más sangrienta
que el clavel incendiario de tu boca.
Tu soberbia escultura de alabastro
yace muda ante mí; tus pies menudos,
de un ágata rosado, se entrelazan
por el fresco marfil de los tobillos,
como si dos palomas se abrochasen
en fugitiva cópula. Dos ánforas
de senos alargados asemejan
los trozos de columnas comprendidos
entre los nudos de la caña airosa
y la rosa carnal de la rodilla.
Los fémures gallardos, que se ajustan
a la rótula espléndida, y acaban
junto al umbral rosado del misterio,
parecen, de un antiguo intercolumneo,
A cada mora que te doy, un beso
hago crujir entre tus dientes nítidos:
mis labios, como pinzas abrasadas,
cogen los rojos gránulos y buscan
tu boca de clavel para dejarlos
como rubíes en gentil joyero.
Y en el ir y venir con que te rozan
en la sensible piel mis labios locos,
acarreando el fruto purpurino
desde todo tu cuerpo hasta tu boca,
tu pecho se hincha de emoción tremenda,
mi pecho tiembla como roja llama,
y en un abrazo agotador, inmenso,
nos fundimos cual dos enredaderas,
como dos retorcidas espirales,
hasta que muerden la postrera mora
nuestras dos bocas juntas y apretadas,
tú mirando a los cielos, y yo viendo
lo que en ellos palpita: nubes, nidos,
ramas floridas, pájaros y luces,
mas viéndoles latir, puesto hacia abajo
sobre el doble zafiro de tus ojos...


SALVADOR RUEDA (1857-1933).-