DISPERSIONES

DISPERSIONES

jueves, 23 de febrero de 2017

CICLO POESÍA ESPAÑOLA DE LA POSGUERRA









VICTORIANO CRÉMER




BIOGRAFÍA
Victoriano Crémer (1907-2009), poeta, uno de los fundadores de la revista literaria Espadaña y uno de los impulsores más convencidos de la literatura realista y testimonial de la década de 1940, nació en Burgos en el seno de una familia de escasos recursos económicos.
Afín al movimiento anarco-sindicalista, tras la Guerra Civil española (1936-1939), estuvo en la cárcel y, a su regreso a León, con Eugenio de Nora y Antonio García Lama, fundó la revista Espadaña en 1940, con el fin de presentar una poesía social, que seguía a Neruda y Vallejo. La intención era ser el contrapunto de la otra revista literaria del momento, Garcilaso, de corte neoclasicista, sostenida por José García Nieto, Luis Rosales y Dionisio Ridruejo. Esta revista dio cabida a los intereses de la llamada poesía desarraigada de posguerra ("el mundo  no está bien") y canalizó los intereses de toda una generación de poetas que encontraron en ella salida a su expresión.
OBRA POÉTICA
En la obra de Victoriano Crémer hay siempre un sentido existencialista de la vida en reflexión constante sobre la muerte y un testimonio de sus preocupaciones ante la realidad sociopolítica española: denuncia de la injusticia social y la degeneración de los valores  en la sociedad contemporánea.
Tendiendo el vuelo (1928)
Tacto sonoro (1944)
Caminos de mi sangre (1947)
Las horas perdidas (1949)
Furia y paloma (1956)
Tiempo de soledad (1962, Premio Nacional de Poesía)
El amor y la sangre (1976)
Los cercos (1976)
Última instancia (1984)
El fulgor de la memoria (1996)
La paloma coja (2002)
El palomar del sordo (2005)
Relámpagos tardíos (2007)



MI LOBA BLANCA


Me seguían sus ojos y yo era menos que un niño.
Bosques y primaveras me arañaban el pecho
brotándome en los cauces borbotones calientes
en los que el alma yergue su furia fundadora.
Su gran calma de esposa apretaba sus círculos
y me sentía centro de su raudal sangriento;
con el galope oscuro de la sangre apremiando
la altiva meta blanca de su dormida carne.
¿Fue su voz? De más hondo que el deseo, rompiendo
su corteza de plomo, me llegó aquel balido
que estrellaba su espuma, como un ala arrancada,
en mis rubias arenas palpitantes de soles.
¡Oh, sequedad del aire, oprimiendo el latido
con que la luz rehizo su primera llamada!
¡Fue su voz! Su inefable mensaje acordonado
por airados cuchillos de escarcha matutina.
El espanto y la tierra tiraban de mi cuerpo
y un altivo universo desgarraba mis hombros.
Sentí que entre los brazos florecían sus pechos
y que éstos me clavaban contra un aire reciente.
¡Huir! ¡Huir! Perderme por bruñidos desiertos.
Borrar de mis pupilas sus ojos insaciables
y sepultar su voz, su eterna voz marina
en mi hondón retorcido de caracola humana.
Su garra fue primero. Su garra, no su mano,
que dos fuentes de sangre llenaron mi costado
desbordándome en ellas como una madre nueva
a quien los mares dieran un hijo de su carne.
Y luego, fue su luz. Su inmenso mediodía
creciéndose en mis ojos como un bosque incendiado,
ardiéndose en las llamas mis tigres y mis dudas,
con sus flancos rotundos y su feroz aullido.
¡Oh, irremediable abrazo! ¡Oh, desolado beso!
¡Oh, arcángeles pastores de mi sangre en derrota!
¡Oh, cuerpo fulgurante apretándome el pecho
como un mármol o un mundo, y en él Dios empinado!
Fui pasto de su furia. Su mirada y sus dientes
implacables hicieron tajadas de mi alma.
Mis vestidos rodaron como musgos antiguos
y sentí deshacerme como un barco de niebla.
Yo veía sus manos sortearme las venas
y herir con sus cuchillos mi corazón menudo,
y azuzar mis dormidos afanes como galgos
llenando de ladridos mi apacible ribera.
Yo sentía -la siento- abrevar en mi sangre.
Romper mi dura piel. Darme muerte lentísima…
¡Y no eludo sus saltos de terciopelo y sueño!
¡Y no huyo! ¡No huyo!… ¡Mi feroz loba blanca!...


VICTORIANO CRÉMER.-