DISPERSIONES

DISPERSIONES

jueves, 20 de abril de 2017

ÁNGEL GONZÁLEZ













Ángel González y Jaime Gil de Biedma, dos de los mejores poetas españoles contemporáneos, pertenecen al grupo del 50, caracterizado desde sus inicios por la reivindicación de la escritura como un espacio de conocimiento y de rigor lingüístico. Al calor de los impulsos existencialistas, Vicente Aleixandre había definido la poesía como un acto de comunicación en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, “En la vida del poeta, el amor y la poesía” (1949): la lírica “(...)no consiste tanto en ofrecer belleza cuanto en alcanzar propagación, comunicación profunda del alma de los hombres”. Frente a esta definición de la voluntad poética, Carlos Barral se hizo portavoz de una nueva exigencia y publicó en la revista Laye su famoso artículo “Poesía no es comunicación” (1953), defendiendo la escritura como un acto de conocimiento individual elaborado gracias a la indagación creativa en las palabras: “la confluencia de la vida interior del poeta con la posibilidad infinita del idioma, obrada por la voluntad de crear”.
Esta defensa de la poesía como ejercicio de conocimiento de la propia individualidad se concreta también en el compromiso político de Ángel González y de Jaime Gil de Biedma, partidarios de los versos elaborados por una conciencia crítica que reflexiona sobre el mundo más que de la divulgación de manifiestos partidistas. Los dos poetas se interesaron por una puesta en duda de la subjetividad esencialista, derivada del simbolismo, adentrándose en el conocimiento de las relaciones establecidas entre el individuo y la historia. Gil de Biedma lo declaró así en la poética publicada por Rubén Vela en su antología Ocho poetas españoles (1965): “Mis versos no aspiran a ser la expresión incondicionada de una subjetividad, sino a expresar la relación en que mi subjetividad se encuentra con respecto al mundo de la experiencia común”. Esta definición histórica de la subjetividad tuvo mucho que ver con la ampliación del compromiso político a nuevos temas (intimidad, erotismo, ejercicios de conciencia) y con la elaboración textual de un personaje literario, una voz no esencialista, construida en las palabras. El poema define en su ámbito personajes literarios, del mismo modo que la historia define en el suyo a los individuos sociales. Y todo esto implicaba, por supuesto, una meditación retórica. Este es el interés principal de la carta de Jaime Gil de Biedma a Ángel González, escrita en Barcelona, el 30 de octubre de 1961. Se trata de la respuesta a otra carta en la que el poeta asturiano había enviado a Gil de Biedma copia de una pieza preparada para colaborar en el libro España canta a Cuba (Rennes, Ruedo Ibérico, 1962). Es un poema comprometido, de tema dado, por lo que se extreman los peligros y los códigos de una poesía civil que tanto Ángel González como Jaime Gil de Biedma habían ya abordado en otro tipo de composiciones.

(Fuente: Luis García Montero).-









PERLA DE LAS ANTILLAS




Ha estallado una perla y las cenizas
de la libertad,
impulsadas por el viento del Caribe,
siembran el desconcierto y el terror
entre los responsables de un continente inmenso.
Desde la Casa Blanca a la Rosada,
todos los techos de las Grandes Casas
están amenazados
por el irreparable, cruel desastre:
ha estallado una perla, y los residuos
de la dignidad
pueden contaminar a mucha gente.
Si los indios que obtienen el estaño y el cobre
en las minas de Chile y de Bolivia,
si los habitantes de los suburbios de Buenos Aires
y los desposeídos del Perú,
si los oscuros buscadores de caucho
y los integrantes de las tribus de Paraguay y de Colombia,
si los analfabetos ciudadanos de Méjico
inscritos en el Censo de Electores y borrados del Registro
de la Propiedad,
si los que fertilizan con su sudor las plantaciones
de azúcar y café,
si los que recortan las pesadas selvas a golpe de machete
para incrementar la producción mundial de piñas en conserva,
si todos ellos y sus otros muchos
hermanos
en la desnutrición
sufriesen en su carne
la quemadura de la nefanda escoria
de la dignidad,
acaso
pretendiesen ser libres.
Y entonces
¿qué sería de las grandes compañías,
de los trust y los cártels,
de los jugadores de Bolsa
y de los propietarios de prostíbulos?
En nombre de esos valores fundamentales
y de otros menos cotizados,
alguien debe hacer algo
para evitarlo.
Pero
ha estallado una perla.
Peligroso es ahora el viento del Caribe.
Entre el olor salobre de la mar
y el aroma más denso de las frutas del Trópico,
entre brillante polen de las flores
que crecen donde el sol es un flagelo
infatigable y amarillo,
entre plumas de verdes papagayos,
y golpes de guitarras, y sonrisas
blancas como canciones en la noche,
el viento arrastra una semilla
perfumada y violenta,
una simiente fina como el polvo,
nube dorada o resplandor sin nube
que los tifones lanzan –trizada
perla– contra las costas más lejanas,
y las brisas recogen y pasean
y las lluvias abaten –astillada
Antilla– sobre el suelo,
tormenta ciega o cielo derribado,
–izada Cuba, como una bandera–,
llama implacable o luz definidora,
más siempre pura, viva, poderosa,
fértil semilla de la libertad.


ÁNGEL GONZÁLEZ.-