DISPERSIONES

DISPERSIONES

miércoles, 25 de enero de 2012


COMUNIONES

Creo en Dios. O eso creo. Por encima de CASI todas las cosas. Pero todo en esta vida tiene un
limite que deberíamos saber reconocer y, por supuesto, no rebasar nunca.
Imagínense esta escena: un niñ@ va paseando con su madre agarrado a su mano. En
un momento dado ambos pasan por delante del escaparate de una pastelería y el
niñ@ queda petrificado, clavado al suelo con los ojos fijos en los barquillos
de crema. La madre piensa que no le hará daño comer un barquillo y más ahora que
se acerca la hora de la merienda, por lo que entra y compra media docena de
lustrosos y apetitosos dulces. Aún paseando, el crío se come su pastel y sacia
su hambre. Y una vez en casa, después de la cena, engulle otro más, y antes de
ir a dormir se ha encaramado a la alacena de la despensa y, a escondidas, da
cuenta de dos barquillos más. El primer pastel, como todo en pequeñas dosis, no
le hace ningún daño. Es más, le deja muy buen cuerpo. El problema viene con el
atracón, con la ingesta desmesurada y saturación de azúcar que hace que,
probablemente, ese niñ@ termine en urgencias a las dos de la mañana con un
fuerte dolor de tripa.
Pues con la religión ocurre lo mismo: a pequeños sorbos es aceptable, incluso beneficiosa.
Pero como todo en la vida no debemos abusar de ella o corremos el riesgo de
coger un “empacho” de sermones y buenos propósitos. O si no fíjense ustedes,
que para muestra mejor dejar un botón.
Normalmente (con muchas excepciones, claro está) entramos en la Iglesia sólo para las
bodas, bautizos, misas de difuntos y comuniones. Y suele ocurrir que a veces es
nuestra propia boda o el bautizo o comunión de alguno de nuestros retoños.
Entonces no tenemos escapatoria. Y mucho menos si es nuestro propio funeral…, o
por huevos, o por huevos. En otras ocasiones con la excusa de cuidar al niño de
la prima o echar un cigarrillo, nos pasamos toda la Misa al bendito fresco:
- “Deja, deja, Reme, que ya me quedo yo con la niña”.
- “Ay no, que te vas a perder la ceremonia, con lo bonita que han adornado la Iglesia…”
- “No pasa nada, chiquilla, me sacrificaré un poco para que la cría no os de la lata”.

Porque esa es otra. Si tenemos la mala suerte de que el niño pequeño sea nuestro y el que hace la comunión
también, entonces mejor que el Señor nos coja confesados: tendremos que
encargarnos del chico, pero no podremos salir fuera. Y el nene, que ve que
aquello no va mucho con él, comenzará a chillar, a patalear, a cantar la
canción de Bob Esponja, a pasearse entre los bancos, a tirarle a la señora de
enfrente de un pendiente… Y el cura, que cada vez que escucha a tu niño para el
sermón, pone los ojos en blanco y ladea imperceptiblemente la cabeza echándote
un vistazo como si tal cosa, pero con una mirada tan penetrante y asesina como
la de Superman intentando ver a través de una jardinera de plomo. Y mientras tú
sientes clavadas en ti todas las miradas de reproche que, una a una, se van
volviendo de los bancos anteriores y se van hincando en tu cuerpo.

Ahora, desde los siete años, nuestros hijos se ven absorbidos por la Catequesis
durante tres largos cursos antes de la comunión (sí, aquí en Motril la
catequesis dura tres años, en otros sitios sólo dos, que a este paso como lo
sigan alargando mi mujer tendrá que sacar del armario el vestido de novia para
que le valga a la niña). Por eso hablaba de saturación. Y para colmo resulta
que, además de los niños, los padres tenemos que ir también a catequesis dos
veces al mes, para que demos ejemplo, dice el cura:
- “Mire usted Don Anselmo, que ni mi mujer ni yo podemos venir, que trabajamos los dos en esas horas”.
- “Pues que vengan los abuelos, no pasa nada”.
- “Es que abuelos, abuelos sólo le queda a la niña uno y está con una bombona de oxígeno en la cama”.
- “Pues nada, que venga la chica de la limpieza si es necesario, que es para dar ejemplo. ¡Qué cruz!”.

Y ahí me tienen con mi librito de oraciones y cantando sin acompañamiento “Yo tengo un amigo que me ama” (y su
nombre es Jesús, claro).

A propósito, señor cura. Yo ya fui bautizado, hice la comunión en mi día, estoy
confirmado, casado por la Iglesia, bautizadas mis dos hijas y soy fiel seguidor
de todos los preceptos eclesiásticos. Mire usted, señor cura, que tengo hecha
hasta la mili. Sí, ya se que no tiene que ver con el tema. Pero lo dejo dicho,
por si acaso.